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El sueño de un gran amor

Texto de Fabián García
Fotografías: Atilio Orellana / Agencia ZUR

"Alberto Higinio Pérez tiene 46 años. El salvavidas de su corazón, que tiene tantos cráteres como la Luna, es tocar el saxofón yendo de ciudad en ciudad. No ha sido nada fácil su vida. Primero perdió a su madre con apenas 2 años, después fue maltratado y tuvo que huir de su casa con 11, su único hijo murió hace algo más de una década en un accidente de tránsito, y en 2011 también falleció su mujer, Alejandra Rojas, su gran amor.

""Mi vida fue una catástrofe de desamor y cuando había encontrado el amor, ella murió de cáncer. No sabía qué hacer, mi alma no me daba más y le pedí a Dios algo para llenarla. Estaba de rodillas pidiéndole y cuando dejé de llorar, escuché una música. Entonces dije, tengo que hacer música, ver qué instrumento tocar. Empecé a caminar hasta que encontré una casa en la que vendían instrumentos musicales, entré, y ahí vi un saxo dibujado. Eso es lo que voy a tocar, eso es lo que Dios tiene para mí. Por eso toco el saxo en la calle, eso es lo me llenó el alma y con lo que pude salir adelante".

"De chico, mi sueño era encontrar un gran amor y estar toda la vida con él; ése era mi sueño. Creo en el amor y por eso brindo mi música adónde voy. Es algo grandioso, eso es lo me llena el alma". Por cierto se ganó la vida como pudo y en lugares increíbles. Ha sido mozo, albañil, sereno, empleado de hoteles, y muchos oficios más a lo largo de su vida. Primero vivió en un plaza de Rosario y de aquellos días recuerda la persecución de la policía y el Ejército. "La llegada de la democracia me dio tanta felicidad como el gol de Maradona a los ingleses, pude ser libre". Confiesa que cuando se fue de su casa sintió felicidad y hasta que su camino se cruzó con el de Alejandra no tuvo descanso. "Cuando vos no tenés gente como tu madre, los demás son todos de palo, la familia no existe, y entonces he tenido que moverme y trabajar y conseguir un lugar donde estar. Yo sigo siendo un pibe de la calle siendo un hombre como soy".

"Vivía moviéndome, no paraba. Cuando me fui de casa, un día me subí al camión de un tío y me fui a Aguas Blancas, en la provincia de Salta, en la frontera con Bolivia. Como quería ser maratonista, decidí irme corriendo hasta Bermejo, que estaba del otro lado de la frontera y que hasta a unos pocos kilómetros. Anduve por ahí unos dos meses, era la época de los carnavales. Después me volví en el mismo camión para Rosario, en otro viaje que hizo para aquella zona. Ése fue mi primer viaje y no dejé de hacerlo nunca más hasta que me enamoré y me casé".

A tocar el saxofón aprendió solo. Una vez que supo que sería su compañero inseparable, no dejó de practicar cada día y su repertorio sigue creciendo con el tiempo. "A veces me inspiró en Edith Piaf o Charles Aznavour, otras en The Beatles... Por ahí me piden un tema de Abel Pintos o de Los Piojos. A los chicos les encanta Manuelita y La pantera rosa. A mí me gusta mucho la música centroamericana, pero lo importante es que uno pueda dar su alma si no, no vale nada. ¿Sabés? Cuando estás mal, el saxofón suena como vos y no haces un mango. Y cuando estás bien, el saxo suena bien. Mi mejor regalo es que mientras estoy tocando con los ojos cerrados, los chicos se queden parados escuchando. Es lo más hermoso que uno puede tener, y ahí siento que nací para eso, para dar".

-¿Qué tema elegirías para interpretar con el saxo?

-Elegiría dejarme llevar porque cuando un músico se deja llevar saca melodías nuevas. Quiero deleitarme yo mismo. En cambio, cuando estoy en la calle, me gusta "La vida en rosa". Esa canción de Edith Piaf me hace sentir que estoy en la misma frecuencia de la vida que ella, que a pesar de todos los golpes que debió pasar cantaba esa canción y yo lo hago tocando un saxofón. Fijate el tiempo que pasó y es una canción tan poderosa que no se perdió.

-¿Qué te dice la gente después de escucharte?

-He tenido experiencias de todo tipo. A veces, los chicos quieren saber cómo tocarlo. Siempre les respondo que la música es gratis y que te salva la vida. También ha habido gente que llora al darme las gracias porque ha sentido felicidad. Una vez en Rosario estaba tocando en la peatonal y viene una señora que me dice: "Gracias, gracias, vivo ahí arriba, y por la ventana de mi casa entraste con la música y mi mamá que estaba enferma y triste, revivió, ¡sonrío! La mujer me abrazó emocionada y eso me llenó el alma. En otra oportunidad, un cartonero me pidió perdón porque tenía nada más que cinco pesos para darme. Entonces, yo le dije: Se queda parado ahí, que le voy a tocar este tema dedicado a usted. Con la música uno puede llenar el alma.

Cada vez que llega a una esquina le da vida al saxo y su música. Cuenta que le gusta la paz de las ciudades que crecen cerca de la Cordillera: Hay más respeto y yo estoy tranquilo. Justamente, mientras conversamos por teléfono, Alberto está en Sonogasta, a 26 kilómetros de la ciudad de La Rioja. Las fotos fueron tomadas no muy lejos de allí, en la ciudad de Catamarca. "Estoy viendo que hago, tengo ganas de ir a acompañar a unos amigos que viven en Bialett Massé (un pequeño pueblo de Córdoba) y después quiero ir a Ecuador. Todavía no conozco, pero la gente que ha estado allá dice que hay mucho respeto".

Hay quienes ganan el corazón de los otros poniendo un imposible tiro libre al ángulo para transformar el sufrimiento de la existencia en alegría y quienes como Alberto, eligen a Edith Piaf para hacerlo. Uno y otro sólo quieren ser felices. Y se sabe, la felicidad de un instante único suele quedarse toda la vida.